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HERMANOS MARISTAS 125 AÑOS EDUCANDO EN COLOMBIA- 1889 - 2014

Semana de la Espiritualidad Marista 2009

Semana de la Espiritualidad Marista 2009

Semana de la Espiritualidad

Marista 2009

 

Querido amigo:

 

Hoy tengo una gran noticia que darte: el día 22 de este mes he sido ordenando sacerdote.

Por fin he realizado mi sueño, ¿te acuerdas?: “Hijo mío, tienes que ser sacerdote; Dios lo quiere”. El camino ha sido largo, pero ahora, ¡qué gozo tan inmenso! Tan sólo siento que mis padres no hayan podido asistir a esta hermosa ceremonia, que presidió monseñor Dubourg. Estoy seguro de que, desde el cielo, se alegran conmigo.

 

Ya estoy en los 27 años. Los tres últimos los he pasado aquí en Lyon, en el seminario mayor de San Ireneo. Hemos estudiado teología, dogma, moral, Sagrada Escritura. Teníamos muy buenos profesores; me han ayudado a adquirir no sólo la ciencia, sino también las virtudes que se precisan para ser un buen sacerdote.

 

Nuestro ritmo de oración era más intenso que en Verrières. Me he acostumbrado a un trato íntimo y frecuente con Jesús y su Madre. Los exámenes de conciencia me han ayudado a ver claro que el orgullo sigue siendo mi defecto dominante; me he esforzado por combatirlo mediante actitudes más humildes y sencillas; aprovechando todas las ocasiones de prestar servicio a los demás.

 

Mi devoción a la Santísima Virgen ha seguido en aumento. Noto que es verdaderamente una Madre Buena. No me canso de invocarla y de confiarle todas mis preocupaciones y todas mis alegrías. Los ejemplos de su vida me estimulan a ser humilde y disponible, como ella, y siempre fiel a Jesús.

 

Al terminar el tercer año de teología, tuve problemas de salud. El médico me aconsejó que pasase algunos meses en casa. “El aire puro del pueblo te sentará bien”, me dijo.

 

Esa temporada que pasé en El Rosey no fue para mí tiempo perdido. Aunque era seminarista, todos me llamaban “señor cura”, y tenía que ser un ejemplo para ellos. Mis hermanos no consintieron que les ayudase en las faenas de la granja, así que me organicé un horario en el que preveía tiempo para la oración y algunas horas diarias de estudio.

 

Aprovechaba también para visitar a los enfermos y para charlar con los muchachos. Pero lo que más me gustaba era explicar el catecismo a los niños. Al principio los reunía en mi habitación, pero venían tantos, incluso de las aldeas vecinas, que tuve que buscar un sitio más amplio. Les contaba hermosas historias de la Biblia y de la vida de Jesús y de María. Luego les ponía ejemplos sacados de la vida ordinaria.

 

Escuchaban con atención. Se nos podían pasar un par de horas sin darnos cuenta. Cuando se hacía tarde, tenía que hacerles volver a sus casas, casi a la fuerza.

 

Mi familia me cuidó tan bien que me restablecí rápidamente y estuve pronto en condiciones de reanudar mi vida en el seminario.

 

En estos dos últimos años he continuado haciéndome nuevos amigos entre los seminaristas. Uno de ellos es Juan María Vianney. Es mayor que yo y los estudios se le hacen muy cuesta arriba. Creo que los profesores han sido bastante benévolos con él para que pudiera aprobar. Es tan sencillo, tan bueno y piadoso, que se gana fácilmente los corazones de todos. Ha sido ordenado sacerdote y acaban de enviarle a Ars como párroco. Estoy seguro de que hará mucho bien allí.

Me gustaría también hablarte de un grupo que hemos organizado en el seminario.

 

No sé cómo se nos ocurrió la idea de asociarnos para fundar una congregación consagrada a la Santísima Virgen. Los seminaristas que estamos interesados en esto somos unos quince. Los más entusiastas son Juan Claudio Courveille y Juan Claudio Colin. El padre Cholleton, nuestro profesor, nos ha dado permiso para reunirnos. Unas veces lo hacemos en su habitación; otras, en el parque, cuando hace buen tiempo. En estos encuentros nos animamos mutuamente, hacemos planes, intercambiamos puntos de vista y hasta nos sentimos orgullosos de pertenecer a lo que queremos llamar “Sociedad de María”.

 

Un día les dije: “Me siento muy a gusto con ustedes, pero siento la necesidad de formar una congregación de hermanos. Ya saben que mi primera educación fue un fracaso, y me sentiría feliz facilitando a otros las ventajas de las que yo me vi privado”. Esta propuesta, sin embargo, no encontró eco.

 

En otra ocasión volví a insistir: “Necesitamos hermanos para enseñar el catecismo, para colaborar con los misioneros, para educar a los niños. . . Sí, necesitamos hermanos”. Viendo que volvía a la carga, aceptaron. “Muy bien, puedes encargarte de los hermanos, me dijeron, ya que tú has tenido la idea”.

 

Al día siguiente de la ordenación, todo nuestro grupo subió al santuario de Nuestra Señora de Fourvière, en una colina que domina la ciudad de Lyon. Después de la misa recitamos juntos una fórmula de consagración a la Virgen, comprometiéndonos a servirla y a difundir su devoción.

 

Ahora tenemos que separarnos. Cada cual ha recibido su nuevo destino, donde ejercerá, por vez primera, su ministerio sacerdotal. Ya veremos más tarde cómo nos las arreglamos para llevar a buen término nuestros proyectos.

 

A mí me acaban de nombrar coadjutor de la parroquia de La Valla. Pienso salir dentro de unos días, pues quiero estar allí para la próxima fiesta de la Asunción.

 

Comienza una nueva aventura. Es el momento de poner en práctica todo lo que hemos aprendido en el seminario. Ya te contaré.

 

No sé lo que me espera, pero voy lleno de confianza en Jesús y María.

Con mi afecto te envío mi bendición de nuevo sacerdote.

 Marcelino Champagnat

 

 

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